Temblamos. Temblamos por el temor ante el cáncer, el temor al desempleo, a las catástrofes naturales. Nos hemos salido de nuestros cauces, nos hemos perdido y todo nos llama a encontrarnos
Tiembla Chile y tembló Haití. Terremotos recientes, sacuden la corteza. Maremotos recientes sacuden el fondo del mar llevando olas gigantes fuera de sus cauces.
Temblamos. Temblamos por el temor ante el cáncer, el temor al desempleo, a las catástrofes naturales. Nos hemos salido de nuestros cauces, nos hemos perdido y todo nos llama a encontrarnos.
Temblemos, pero no de temor. Temblemos como tiembla la hoja con la brisa del amanecer besando su terciopelo. Seamos esa hoja que respira unida a su ramita y a la rama mayor, y al tronco, y a las raíces que abrazan sin rubor la tierra. Seamos esa hoja que es una con el árbol y con el bosque y con el viento; esa hoja que respira y que convierte la luz en materia.
Temblemos pero no de temor, temblemos como tiembla la bailarina antes de entrar en el escenario, emocionados, alertas, conmovidos, dispuestos a dar nuestra nota para completar la coreografía. Temblemos como tiembla el diafragma antes del llanto liberador. Lloremos, permitamos que todo lo que nos impide ascender al corazón, convulsione y se derrumbe y caiga, para que sólo nos quede la desnudez de ser auténticos.
Sólo la autenticidad podrá vencer maremotos y terremotos. Sólo el amor podrá iluminar la oscuridad y anular barreras y distancias.
Alimentamos la oscuridad del temor emitiendo detalles de las tragedias y consumiéndolos frente al televisor. Que las imágenes que rescatemos sean las constructivas, que nuestra palabra sea responsable y nuestro silencio sea, en todos los rincones donde la tierra tiembla, la mejor compañía.
Acompañar es posible sin ir a ningún lugar, desde España, desde Canadá o desde el Tíbet todos podemos tener el corazón allí donde la tierra y la humanidad estén heridos, sea Chile, Haití o una guerra. Acompañamos estando en nuestro corazón, orando, meditando sembrando de luz y de amor los planos emocionales y mentales colectivos. Es posible invocar la luz y el amor e inundar la envolutura energética de la madre tierra de su vibración. Como humanidad somos un chacra del planeta, nuestra emisión, consciente o no, intencionada o no, está produciendo un efecto. Elijamos ser conscientes y acompañar.
Existe un mantram de enorme poder que invoca la luz, el amor y el orden divino para la tierra y todos los seres que la habitan se le conoce como
LA GRAN INVOCACIÓN, su efecto es de un poder innegable. Conocerlo, recitarlo con todo el compromiso del corazón, crear una red de meditadores entre nuestros amigos, son movimientos al alcance de todos. No sólo el dinero donado ayuda, no sólo las acciones externas imprescindibles son necesarias, el sostén que diluye el sufrimiento emocional de millones de personas es el desafío que todos tenemos por delante.
Al que pide se le dará. Pidamos tener creciente capacidad de ayudar, pidamos ser un faro, una mano extendida, un puerto en la tormenta, un puente que acerca y así ningún terremoto nos dejará con la sensación de ser fútiles, ni la esterilidad de ser indiferentes.
Estrella Muñoz
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